Nota al lector

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La historia que a continuación se narra fue escrita hace ahora casi 3 años. Los mismos años que he necesitado para sufrirla, escribirla, ponerme bien y encontrar el momento para contarla. Estos textos y dibujos llevan encerrados en un cajón un año sin saber si algún día verían la luz. Ahora que el COVID-19 nos empuja a buscar nuevas distracciones he decidido compartirla, con no más pretensión que la de entretener al lector en este tiempo de cuarentena. Si de paso ayudan a alguien que haya pasado por una situación similar, eso que me llevo.

Cómo empecé a escribir no lo decidí yo, salió solo, como un vómito resacoso ajeno a mi voluntad. Andaba yo camino del aeropuerto, con destino final Nueva Orleans, verano de 2017. Era la primera vez que viajaba sola, así que andaba ya absorta en modo loba solitaria, es decir, completamente inmersa en las redes sociales vía móvil.

De repente mi muro de Facebook se colapsó con mensajes de amigos informando de que estaban sanos y salvos. Acababa de haber un atentado en la Rambla de Barcelona.

Me dio un vuelvo el corazón. Pensé en todos mis amigos allí residentes, pero sobretodo pensé en el que ya hacía un año que era mi exnovio, y con el que ya llevaba más de medio sin mediar palabra. Deseché inmediatamente la idea de escribirle para comprobar si estaba bien pero aún así quería contactarle. Me parecía tristísimo ese silencio desde ambas perspectivas.

 

 

¿Cómo no podía transmitir mi preocupación a alguien con el que había compartido tanto? La única opción que tenía era mandarle un mensaje que él no viera venir para que así no pudiera rechazar. Un mensaje ninja. Un mensaje en Instagram stories que no se esperara, que, ¡pop!, apareciera en la pantalla de su móvil como una de esas manos que se sacaban del bolsillo los niños en el colegio pretendiendo sostener algo invisible, sólo por la gracia de soltar después un “te lo has comido”. Una yufa, en forma de mensaje, en forma de dibujo.

Esto fue lo que colgué:

Intenso, lo sé.

Aterricé en Nueva Orleans, me dirigí al hotel para dejar la maleta y salí a la calle. Otro día hablaré de Nueva Orleans.
Al llegar al French Quarter  saqué el móvil para ver si el mensaje había alcanzado a su destinatario. El exnovio había visto la story pero no dijo nada. La que sí que dijo algo fue mi amiga Clara. “¿Qué cojones haces?” me escupió por mensaje. “Le he mandado un mensaje ninja”, me expliqué. “Ya está bien, Patricia. A ver si lo superas ya. Ha pasado un año, el ya lo ha superado”.

“Vale, sí” me alcanzó a decir antes de que se me cayera la primera lágrima.

Colgué el teléfono y me dirigí a la primera terraza que vi (el Barrio francés está atestado de ellas. Otro día hablo de Nueva Orleans). Me senté, abrí el cuaderno que llevaba en el bolso y empecé a vomitar frases y dibujos. Durante 2 horas y media de ejercicio orquestado de ingesta alcohólica, contención de rabia y sorbida de mocos dejé que saliera todo. Este fue el primer dibujo que hice.

Los siguientes dos años me dediqué a poner en orden todos aquellos dibujos y textos que expulsé mientras duró todo mi duelo. Y así nació este proyecto que hoy el coronavirus saca del cajón. Iré colgando los capítulos los jueves, por aquel título que se me ocurrió hace tiempo pero no supe qué hacer con él: los jueves, tragedia.

Pasen y disfruten.

 

 

 

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