2.2. Ruptura

Mi estado de ánimo cayó en picado tras la experiencia tinderesca .

Un día de repente y sin venir a cuento empecé a sentirme muy triste y confundida. Me di cuenta de la manera más tonta: yo, que soy de comprar poco, por no decir nada, que subsisto a base de las limpiezas de armario que hacen mis hermanas, andaba paseando por el lower Manhattan cuando sentí la llamada de un escaparate. Pegué la napia al cristal, olisqueando los maniquíes descabezados, y entré en la tienda como un miura, cogiendo prendas a dos manos y sin mirar, apartando la gente a codazos cual jugador de rugby con cuya carrera se juega su beca para Harvard. Al llegar al probador me colgaban tantas prendas de los brazos que un dependiente, confundiéndome con una empleada del local, se ofreció a ayudarme con la carga. Desafortunadamente yo malinterpreté su gesto como un amabilísimo servicio de atención al cliente. Para cuando caí en la cuenta de mi error ya era demasiado tarde: toda la ropa que había seleccionado volvía a estar colocada en sus perchas. Haciendo alarde del descontrol emocional que me invadía por dentro me puse a llorar a moco tendido ante el atónito y acojonado dependiente que ante la falta de recursos para sobrellevar la situación me ofreció un vale descuento del 25% para ver si me callaba.

Pero la señal definitiva vino en el momento de pagar.

Escribí a mi hermana para contárselo.

Mmmmmm… Un momento…

Sí. Ruptura. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza la idea de una ruptura hasta aquel momento. Todo había sido tan rápido y tan fácil que no me había parado a pensar en lo que realmente significaba empezar una nueva vida de la que el Ex ya no formaría parte . Cogí las bolsas y me dirigí hacia la salida de la tienda con la lágrima en el ojo y la tarjeta de crédito tiritando en el bolsillo.

Fue allí mismo, junto aquél dependiente desdentado, cuando crucé las puertas de lo que sería el peor año de mi vida.

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