4.1. Época reptiliana

Cuando te entregas por completo a la tristeza comienza una fase en la que el mero hecho de ponerse en pie para desplazarse del punto A al punto B supone tan magno esfuerzo que optas por arrastrarte por el suelo cual mocho desvaído lubricado por su propio llanto. Es la etapa reptiliana.

Un consejo: si este método de desplazamiento se alarga más de seis días (tres si no pasas por la ducha) puede que sea el momento de buscar ayuda profesional. Yo lo hice.

Tres días después de año nuevo me llamó mi amiga Lucía.. Estaba yo apoltronada en el sofá, enfundada en el chandal chenoesco y con un moño que no recordaba haber recogido con mismo propias manos. Lucía, una persona muy sensible al desorden estético pero muy diplomática ella, me preguntó:

Pues claro que lo había pensado. Lo había pensado cientos de veces pero la mera idea de que llevaba ahorrada una fortuna utilizando a mis amigos como alivio emocional ya me consolaba. Sin embargo esta vez, al ver que no salía de mi espiral reptiliana y que empezaban a agotarse las existencias del minibar de casa de mi hermana, pensé que quizás no me vendría mal buscar un terapeuta fuera de casa.

Bueno, fuera de casa es un tecnicismo. Como no entraba en mis planes aprender árabe para poder contar mis dramas a un psicólogo en Dubai, Lucía me recomendó una terapeuta que pasaba consulta vía Skype. La llamé ipso facto.

He de decir que la psicóloga hizo un esfuerzo enorme para comprenderme ya que la sesión fue casi en su totalidad en código morse. Cada vez que abría la boca para hablar rompía a llorar como un dibujo animado japonés.

Al terminar la sesión, estaba tan exhausta y deshidratada por el berrinche que, aún siendo las cinco de la tarde, me fui directa a la cama. Me puse el antifaz para dormir y me cubrí con el edredón hasta la napia.

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